I. Introducción


El Fausto de Goethe es el libro más importante de la literatura alemana. Juega para el alemán el mismo papel que el Don Quijote para el español, la Divina Comedia para el italiano o el Hamlet para el inglés. Se lo enseña en todo los colegios y forma parte de lo que se denomina como "cultura general".

No obstante, no hay que creer que todos los alemanes conocen esta obra y, sobre todo, no hay que creer que todos están fascinados por ella. Es bien sabido que cualquier cosa que forma parte de la cultura general, corre el riesgo de perder autenticidad: los profesores en los colegios lo enseñan porque se les paga para enseñarlo; los alumnos lo leen, porque tienen que leerlo; alguna gente lo lee, porque de vez en cuando da buena impresión ser capaz de citarlo; los profesores en las universidades escriben libros sobre el Fausto, porque ya se han escrito muchos libros sobre él y uno más no hace daño a nadie sobre todo, si se les paga por hacerlo. Estas razones para leer al Fausto son un poco arbitrarias y no tienen nada que ver con el Fausto en sí, porque esta gente leería cualquier otra cosa, si se les pagara o si se pusiera de moda otra cosa. En tal caso, el Fausto tiene un valor no por sí mimo, sino por lo que representa en la sociedad por razones históricas. Dicho de otra manera, este tipo de estima es al mismo tiempo superficial y aburrido.

Lo realmente interesante en este proceso es el hecho de que una obra que critica tan masivamente la rutina académica, como vamos a ver más tarde, ha podido convertirse ella misma en una parte de esta rutina académica.

El autor de este capítulo no cree mucho en lo que se llama "cultura general". Para el autor, una persona generosa y responsable tiene cultura. En los años 1933 a 1945 había mucha gente "culta" que en su conjunto hicieron posible la catástrofe máxima; en otras palabras, la "cultura general" es compatible con el barbarismo total y por lo tanto no sirve para nada.

La enseñanza del Fausto en los colegios tiene poco éxito. En general la gente no ve relación alguna entre su propia situación y los problemas de este tío. Goethe mismo es un arma bastante fuerte para defenderse contra cualquier cultura general que no vive, contra una cultura que se pasa de una generación a otra por el mero hecho que está bien establecida en la mente de los funcionarios sin que alguien haya reflexionado sobre la relevancia. Esta gente tendría que acordarse de lo que dijo el mismo Goethe al respecto:

Was morsch ist, soll brechen. Lo que está podrido, tiene que quebrar.

La recepción de una obra literaria depende de muchas cosas: de las experiencias que uno tiene, de la sensibilidad, de las circunstancias en que se vive al leer esta obra. Al Fausto a lo mejor lo comprenden aquellos que están rodeados de gente que no quiere nada, gente completamente satisfecha que no tiene bastante sensibilidad ni para sentir su propia insuficiencia, ni para sentir que la vida es más que comer y beber, ni suficiente fantasía para enterarse que su horizonte es bastante limitado. El Fausto nos muestra una cantidad de personas así. Nos muestra académicos que leen libros como otra gente colecciona estampillas, nos muestra gente que tiene tan pocas experiencias propias que se pasa el tiempo regocijándose de las desgracias ajenas, nos muestra Hollywood antes de que Hollywood hubiese aparecido, nos muestra la hipocresía en múltiples versiones y, sobre todo, nos muestra a un hombre, el Fausto, lo suficientemente lúcido para ver lo ridículo de toda esta gente.

Para el autor de este capítulo, el Fausto es una obra muy actual, tan actual que en ciertas circunstancias puede convertirse en un arma. Si por ejemplo usted dice estas frases del Fausto a un catedrático, u otros farsantes que no dejan de citar miles de personas para mostrar a todo precio su cultura enorme (aunque aburrida), le puedo garantizar el éxito, porque lo he probado.

FAUST FAUSTO

Such Er den redlichen Gewinn!
Sei Er kein schellenlauter Tor!

Es trägt Verstand und rechter Sinn
Mit wenig Kunst sich selber vor!
Und wenn's euch Ernst ist, was zu sagen,
Ist's nötig, Worten nachzujagen?
Ja, eure Reden, die so blinkend sind,
In denen ihr der Menschheit Schnitzel kräuselt,
Sind unerquicklich wie der Nebelwind,
Der herbstlich durch die dürren Blätter säuselt!

¡Busca una ganancia honrada!
¡No seas como el bufón
que hace sonar las campanillas!
La razón y el buen sentido
se manifiestan con muy poco arte,
y si te tomas en serio el decir algo,
¿necesitarás entonces las palabras?
Sí, tus discursos de gran brillo,
en los que sacas punta a todo asunto humano,
son tan molestos como el viento otoñal que,
acompañado de bruma, sopla entre las hojas.






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